Lo que se derrumba despacio no hace ruido
De niña hacía montañas de arena en la playa con la convicción absoluta de que aquello iba a durar. Las hacía altas, con un palito clavado arriba como si fuera una bandera, y luego me sentaba a un metro a esperar que la marea subiera, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar y fingiendo, cada vez, que me sorprendía. Lo que más recuerdo no es la ola que finalmente se lo llevaba todo, sino los minutos de antes: la arena que empezaba a ceder por los lados sin que nadie la tocara, solo por su propio peso, mucho antes de que llegara el agua.
Montañas de arena es el título que José Carlos Rosales ha elegido para esta antología que recoge lo mejor de una trayectoria que empezó en los años setenta y que ya tenía, desde 2013, una recopilación previa —Un paisaje— con selección de Erika Martínez. Volver a antologar a un poeta vivo, que sigue escribiendo, siempre tiene algo de arriesgado: es decirle al lector «aquí está lo importante», y es decírselo también, en cierto modo, al propio poeta.
Lo que se agradece de este volumen es que no intenta maquillar los cambios de rumbo de cuarenta años de escritura como si hubieran sido un plan trazado de antemano. Se nota el poeta que empezó escribiendo con la ambición y la solemnidad de los veinte años, y se nota también el que, con el tiempo, fue aprendiendo a decir menos y a confiar más en lo que el poema calla. Esa evolución —de la construcción vistosa a la estructura que cede por dentro sin hacer ruido, como mi montaña de arena antes de que llegara la ola— es, para mí, lo más interesante de leer a Rosales en formato antología: se ve el oficio haciéndose.
Hay poemas de las primeras décadas que hoy leo con cierta distancia, como se leen las fotos de uno mismo de joven: reconocibles, entrañables, un poco excesivos. Y hay, en cambio, piezas más recientes que tienen esa cualidad rara de la poesía que ya no necesita demostrar que es poesía: frases que podrían ser prosa y que, sin embargo, cortan exactamente donde tienen que cortar. Ahí Rosales consigue lo que persigue todo poeta con trayectoria larga y pocas veces se consigue: que el paso del tiempo no se note como desgaste sino como decantación.
Granada aparece de fondo en varios de los poemas, no como escenario turístico sino como el lugar desde el que se mira todo lo demás, incluidas las ausencias. Hay una discreción en cómo Rosales trata lo autobiográfico que contrasta, para bien, con cierta poesía contemporánea que necesita subrayar en negrita cada herida. Aquí las heridas están, pero hay que ir a buscarlas; el libro no las pone en el escaparate.
No sé si esta antología va a cambiar el lugar de Rosales en el mapa de la poesía española —sospecho que ese lugar, discreto pero sólido, lleva ya años fijado—, pero sí creo que es una buena puerta de entrada para quien no lo haya leído todavía, y una relectura necesaria para quien lo lleve siguiendo desde el principio.
Sigo sin saber, en el fondo, por qué construía aquellas montañas de arena sabiendo cómo iba a terminar la tarde. Puede que por lo mismo que se escribe una antología de cuarenta años: no para que dure, sino para poder mirar, aunque sea un rato, la forma exacta que tuvo antes de que se la llevara la marea.
— Gema Millán Nieto








