Inicio Reseñas y crítica Cargado de mí, de Ignacio Arellano. El equipaje que uno no puede...

Cargado de mí, de Ignacio Arellano. El equipaje que uno no puede facturar

18
0

El equipaje que uno no puede facturar

Cuando viajo llevo siempre una maleta más pequeña de lo necesario, por principio, y luego paso el vuelo entero arrepintiéndome de no haber metido tal cosa o tal otra. Lo que nunca me ha faltado, en cambio, es lo que no pesa en la báscula del aeropuerto: la conversación que dejé a medias, la cara de alguien que se puso seria sin que yo supiera por qué, la lista de cosas pendientes que viaja conmigo aunque no la haya escrito en ningún sitio. Ese equipaje no se factura. Se lleva encima, y a veces pesa más que la maleta.

Cargado de mí es un título que ya avisa de por dónde va Ignacio Arellano en este poemario: no de lo que se lleva puesto, sino de lo que se arrastra por dentro. Arellano es, ante todo, uno de los grandes estudiosos del Siglo de Oro español —Lope, Calderón, el Instituto de Estudios Áureos llevan su firma en media biblioteca académica—, y hay algo llamativo en ver a un filólogo de esa trayectoria volver, en la escritura propia, a los territorios más antiguos de la poesía: el amor, la memoria, el paso del tiempo, sin la distancia del comentarista.

Se nota, sin embargo, que quien escribe ha pasado media vida leyendo a los clásicos con lupa. Hay una precisión en el verso, una economía en el adjetivo, que no es la de quien improvisa sino la de quien sabe exactamente cuánto puede permitirse decir antes de que el poema se venga abajo por exceso. Eso podría haber sido un problema —la erudición asfixiando la emoción, cosa que pasa más de lo que se reconoce en poetas-filólogos— pero aquí funciona más bien al revés: la forma contenida deja que lo sentimental no se desborde en sentimentalismo.

Los poemas de amor del libro no son los que más me han convencido, o no del todo: hay algo en ellos de tradición asumida sin fricción, de saber demasiado bien cómo se ha hecho esto antes. Donde el libro se levanta de verdad es en los poemas de memoria, en los que un objeto o un lugar concreto dispara el recuerdo sin que el poeta se ponga a explicarlo después. Ahí Arellano deja de sonar a quien ha leído mucho y empieza a sonar, simplemente, a quien ha vivido lo suficiente.

Hay un poema, hacia la mitad del libro, sobre una casa que ya no existe, que me ha dejado pensando varios días. No tanto por lo que cuenta —una demolición, un solar, lo de siempre— sino por cómo se resiste a convertir la anécdota en lección. El poema no dice «esto es lo que perdemos cuando derriban una casa»; se limita a describir el solar, y deja que el lector cargue con la conclusión, si es que hace falta alguna.

Cargado de mí no es un libro que busque epatar ni un poemario de debutante deslumbrado por su propia voz: es la obra de alguien que lleva medio siglo dentro de la poesía, aunque haya sido desde la cátedra, y que ahora escribe con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrarle a nadie. Se agradece esa falta de urgencia, en un panorama donde todo el mundo parece escribir como si el libro fuera la última oportunidad.

Sigo sin saber qué llevo yo en mi equipaje de mano invisible cuando viajo, ni si algún día conseguiré facturarlo. Sospecho que no. Sospecho, después de este libro, que tampoco hace falta.

— Gema Millán Nieto

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí