Lo que queda cuando se pierde la vista y el padre a la vez
Mi padre tiene una manía que a mí de pequeña me parecía absurda y ahora me parece casi sabia: cuando se le muere alguien cercano, no habla del dolor, habla de los trámites. El seguro, el certificado, quién avisa a quién. Durante años pensé que era su manera de no sentir. Ahora creo que era exactamente lo contrario: su manera de sentir sin que se le notara demasiado, de sostenerse en lo práctico para no caerse en lo otro.
Pienso en mi padre leyendo Ananké, el libro con el que Pedro Cepedal ha ganado este año el Premio Tiflos de Poesía de la ONCE. Cepedal, que tiene una discapacidad visual severa desde los dieciocho años, escribe aquí sobre la muerte de su padre —según ha contado él mismo— no desde el dolor, sino desde el pragmatismo, y sobre la pérdida progresiva de su propia vista, entretejiendo las dos ausencias con personajes de la mitología griega que dan nombre a lo que de otro modo sería demasiado directo para decirlo sin más.
El libro está dividido en tres partes y el jurado, con Luis Alberto de Cuenca entre sus voces, lo describió como un trabajo que conecta la ceguera y la muerte a través del funeral del padre, apoyado todo el tiempo en la mitología clásica. Dicho así suena a ejercicio erudito, a poesía con aparato. No lo es, o no solo es eso. Lo griego funciona aquí como funcionan los trámites para mi padre: una estructura donde apoyar algo que, sin esa estructura, se desbordaría.
Hay algo en la palabra Ananké —la necesidad, el destino ineludible en la mitología griega— que resume bien el gesto del libro: no es un poemario sobre el duelo como elección, sobre el «dejar ir» que tanto gusta en las secciones de autoayuda, sino sobre lo que pasa cuando ni el cuerpo ni la biografía te dan margen de decisión. Se pierde la vista aunque no quieras. Se muere el padre aunque no estés listo. Ananké no pregunta si aceptas: constata.
Lo que más me ha costado del libro, en el buen sentido, son los poemas donde la pérdida de la vista y la pérdida del padre se confunden, donde no queda claro cuál de las dos ausencias está hablando en cada verso. Ahí Cepedal consigue algo que pocos libros de duelo consiguen: que el lector no sepa, durante unas líneas, si lo que se está describiendo es un funeral o una manera de ver el mundo que ya no va a volver. Las dos cosas, al final, son la misma clase de despedida.
No es un libro fácil de leer del tirón, y no creo que quiera serlo. Hay una economía de medios —frases cortas, poca floritúra, la mitología usada como andamiaje y no como decoración— que exige pausas, que casi obliga a cerrar el libro a media lectura y hacer otra cosa un rato. Yo lo dejé sobre la mesa de la cocina dos días antes de terminarlo, no porque me aburriera, sino porque no estaba segura de querer seguir tan cerca de esas dos pérdidas a la vez.
No sé si mi padre llegaría a leer un libro así. Probablemente preferiría, llegado el momento, seguir hablando de trámites. Pero creo que entendería, mejor que yo, por qué Cepedal necesitó los dioses griegos para contar lo que le pasó: a veces la única manera de decir algo demasiado grande es prestarle, por un rato, el nombre de otra persona.
— Gema Millán Nieto








