El mapa que mi abuela guardaba doblado en ocho
Mi abuela guardaba en el cajón de la cómoda, junto a las pastillas para la tensión y una estampa plastificada de la Virgen del Carmen, un mapa de Ecuador doblado en ocho partes. Nunca estuvo allí. El único vínculo familiar con ese país era un primo segundo suyo que se había ido de joven y del que solo quedaba una foto en blanco y negro, algo de correspondencia perdida y la promesa, jamás cumplida, de volver para una boda que ya ni recuerdo de quién era. El mapa se fue poniendo amarillo por los pliegues, se rompió por donde más se doblaba, y un día, sin que nadie lo decidiera, dejó de estar ahí.
Me acordé de ese mapa —de esa costumbre tan española de guardar geografías ajenas como si fueran una deuda pendiente— leyendo Latitud cero, el poemario con el que F. Javier Cárdenas García acaba de ganar el XVIII Premio de Poesía Joven de RNE y la Fundación Montemadrid. El libro recorre Ecuador: volcanes, selva, comunidades indígenas, el nombre de un nevado asomando entre los versos como quien no quiere la cosa. Podría haber sido un cuaderno de viaje bonito y ya está. No lo es.
El jurado habló de imágenes evocadoras que aluden a Ecuador sin quedarse en la viñeta, de un libro cohesionado, con música y buenos finales. Y es verdad que hay algo ahí que no es turismo lírico: el volcán no está para que el lector diga «qué bonito», está para explicar una ausencia, para hablar de por qué alguien se fue y alguien se quedó esperando una llamada que costaba un dineral y llegaba una vez al mes si llegaba. La voz del libro dialoga con la madre, con los muertos, con la experiencia de migrar, y lo hace sin ponerse solemne, que es lo difícil.
No todo funciona igual de bien. Hay tramos donde la mitología y la simbología del paisaje —el volcán como metáfora de esto, la selva como metáfora de lo otro— pesan más que la emoción concreta que deberían sostener, y el poema se queda un poco en el aire, hablando de la geografía en lugar de hablar desde ella. Son los menos. Cuando Cárdenas baja al detalle —una medicina tradicional, el nombre propio de un pueblo, una imagen doméstica de la madre— el poema respira solo y deja de necesitar la percha del símbolo.
Formalmente se mueve bien en un verso libre que no rehúye la musicalidad clásica: hay endecasílabos que aparecen sin avisar, como quien no quiere que se note que sabe hacerlos, y una puntuación que corta las frases justo donde el aliento se corta también. Eso ayuda a que un libro tan cargado de referencias —geográficas, familiares, míticas— no se sienta nunca como un ejercicio, sino como alguien pensando en voz baja mientras camina.
Los premios de poesía joven tienen fama de premiar la promesa más que el libro, de dar el galardón a quien «llegará a ser» en vez de a quien ya está siendo. Latitud cero no necesita esa condescendencia. Es un libro que sabe lo que quiere contar y, la mayor parte del tiempo, sabe cómo no contarlo del todo: dejar que el lector complete el mapa, por así decirlo.
No sé qué fue del mapa de mi abuela. Puede que lo tirara alguien al vaciar la casa, puede que se lo quedara mi madre y esté en otro cajón esperando a que alguien lo vuelva a doblar mal. Tampoco sé si Cárdenas García resuelve, en sus propios términos, la pregunta de por qué un lugar al que no has ido puede ocupar tanto sitio en la memoria de otro. Sospecho que no hace falta que la resuelva. El libro se queda ahí, con el mapa a medio doblar, y eso ya es bastante.
— Gema Millán Nieto








