El tupper del congelador que nadie sabe qué contiene
En mi congelador hay un tupper con algo dentro desde hace por lo menos año y medio. Tiene un pósit pegado en la tapa con una palabra escrita por mí que ya no soy capaz de leer, porque la tinta se corrió con la escarcha y porque mi letra, incluso intacta, es un sistema de signos que solo yo descifro y no siempre. No lo tiro por si es algo bueno. No lo abro por si es algo malo. Lleva ahí más tiempo del que llevan algunas amistades.
Semiótica nuclear, el nuevo libro de Ben Clark en Visor, va de un problema que es ese mismo problema multiplicado por diez mil años. Existe una disciplina real, con expertos y con informes, dedicada a decidir cómo señalizar los cementerios de residuos nucleares para que dentro de milenios alguien —una persona, o lo que quede en su lugar— entienda que ahí abajo hay algo que mata y no lo abra. Y el problema es que no hay manera. El lenguaje se degrada más rápido que el plutonio. Ningún idioma actual va a existir. Ningún símbolo significa lo mismo dos mil años seguidos. Una calavera, para un arqueólogo del futuro, podría ser perfectamente la señal de que ahí está enterrado un rey.
Clark construye el libro sobre esa imposibilidad. La presentación editorial lo dice de una forma que me gustó: los poemas exploran los límites del lenguaje, su resistencia y su fracaso, y convierten la incertidumbre en una forma de claridad. Entre depósitos sellados y mitologías rotas, se preguntan qué queda de nosotros cuando solo sobreviven los signos y quién podrá descifrarlos, humano o no. Es un libro sobre la memoria y sobre la necesidad de seguir diciendo aunque nadie garantice que habrá un lector.
Esa última parte es la que me tuvo despierta. Seguir diciendo aunque no haya lector. Es la descripción más honesta que he leído en mucho tiempo de lo que hace cualquiera que escribe. Uno manda mensajes a un futuro del que no sabe nada, con un código que va a caducar, sobre peligros que a lo mejor para entonces ya no lo son. Es exactamente el oficio. Clark ha tenido la astucia de encontrarle una alegoría técnica, documentada, con comités reales detrás, y de no explicarla nunca del todo.
Es un libro de ideas, y ese es a la vez su mérito y su punto flaco. Hay poemas en los que el concepto va por delante y el poema llega detrás cumpliendo órdenes; se nota, y en esos casos uno admira el ingenio y no siente nada. Pero cuando Clark deja que el conocimiento se le enfríe y escribe desde más abajo —y ocurre varias veces, y son las mejores páginas del libro— la cosa da miedo de verdad. Hay un par de poemas sobre lo que dejamos a quienes vienen detrás que yo no leería antes de dormir.
Clark tiene detrás una carrera con premios grandes: el Hiperión, el Ojo Crítico, el Loewe, el Premio de la Crítica. Es traductor, además, y eso se le nota en la manera de tratar el lenguaje: como algo que se transporta de un sitio a otro y que pierde cosas en el traslado. Un traductor sabe mejor que nadie que el sentido no viaja entero. Poner a un traductor a escribir sobre cómo advertir a los humanos del año 12.000 es casi tramposo de lo bien que encaja.
Hay otra cosa que me rondó durante toda la lectura y que no aparece formulada en ninguna página, aunque está en todas. Un mensaje pensado para durar diez mil años obliga a decidir qué merece la pena salvar, y esa decisión la toma alguien que no verá el resultado. Nosotros somos ese alguien. Todo lo que estamos dejando puesto —los archivos, las fotos, este mismo artículo— es una apuesta ciega sobre lo que otros necesitarán saber. Clark no lo dice de esta manera, que es más torpe que la suya, pero el libro entero se sostiene sobre esa incomodidad y no ofrece ningún consuelo a cambio.
Lo terminé de madrugada, que es cuando leo lo que me interesa demasiado, y bajé a la cocina a beber agua. Vi el congelador. No abrí el tupper. Pensé que dentro de mucho tiempo alguien encontrará este planeta lleno de recipientes cerrados con notas encima que nadie sabe leer, y que habremos hecho todo lo posible, y que no habrá bastado, y que aun así lo intentamos.
Ahí sigue el pósit, con su palabra ilegible. Alguna vez fue una advertencia.
— Gema Millán Nieto








