Cuánto cuesta la mesa donde se escribe
Durante años tuve una carpeta en el escritorio del ordenador que se llamaba facturas y otra que se llamaba textos, y las dos me daban ansiedad por motivos que yo creía distintos. La de textos porque estaba llena de cosas sin terminar. La de facturas porque estaba llena de cosas sin cobrar. Tardé bastante en admitir que eran la misma carpeta.
La falsa autónoma, de Yolanda Castaño, que Visor publica ahora en edición bilingüe gallego-castellano, va exactamente de eso, y va de eso de una manera que me pareció casi maleducada, en el buen sentido. Hablar de dinero cuando se escribe está mal visto. Se supone que la creación ocurre en una dimensión donde el pago ya viene incluido en el propio placer de hacerlo, aunque ese hacerlo suceda entre recibos pendientes. Ese argumento aparece formulado en las páginas que acompañan al libro, firmadas por Remedios Zafra, y contiene una frase que me dejó parada: si de verdad exigiéramos que escribir no se pagase, solo quedarían escribiendo los ricos y los valientes.
Los ricos y los valientes. He conocido a los dos tipos. Los valientes suelen estar agotados.
Castaño lleva desde los años noventa en esto y tiene detrás dos premios de la crítica en gallego y el Premio Nacional de Poesía de 2023, o sea que no escribe este libro desde el resentimiento de quien no llegó. Lo escribe desde dentro, que es más incómodo. Es fácil denunciar la precariedad cuando uno está fuera del sistema; hacerlo desde el reconocimiento significa aceptar que el reconocimiento tampoco paga las manzanas y el pescado. Y ahí el libro se pone interesante, porque deja de ser una queja y se convierte en una descripción.
La palabra autónoma del título hace el trabajo de dos. Está la autónoma administrativa, la del recibo mensual, la que factura y persigue el cobro y calcula si le sale a cuenta darse de alta este trimestre. Y está la autonomía en el sentido bonito, la libertad de la que se supone que goza quien vive de crear. El adjetivo falsa las une y las derriba a la vez. Nadie es autónomo de nada. Se depende del encargo, del festival, de la subvención, de la persona que en tu casa cocina mientras tú escribes. Esto último el libro no lo esquiva, y se lo agradezco: quien tiene tiempos comprometidos en cuidar a otros no juega la misma partida, y eso no es una metáfora de nada, es una agenda.
La edición bilingüe importa más de lo que parece. Un poema escrito en gallego que aparece al lado de su versión castellana está diciendo algo sobre economía antes de que lo leas: sobre qué lenguas tienen mercado, qué lenguas necesitan la muleta de la traducción para circular, cuánto trabajo invisible hay en pasar tu propia obra a otro idioma para que exista fuera de casa. Yo leo mal el gallego, lo leo a trompicones, y aun así me quedaba un rato en la página izquierda antes de saltar a la derecha, y notaba la diferencia de temperatura entre las dos. La versión castellana es correcta y es otra cosa. Todas las traducciones lo son. Lo que pasa es que aquí la pérdida forma parte del argumento del libro.
Hay poemas que funcionan mejor que otros, como en todos los libros. Los que tiran hacia lo enumerativo, hacia el listado de agravios laborales, se me quedaron un poco planos — el género de la factura versificada tiene un techo bajo y Castaño lo roza alguna vez. Donde el libro se me clavó fue en los momentos en los que baja el volumen y en vez de denunciar simplemente describe: la mesa, el sofá que con suerte durará otros veinticinco años, la comida que da la energía para juntar las letras. Esa contabilidad doméstica del oficio es lo que no había leído antes en un libro de poemas español, o no así, no sin disculparse.
Lo terminé un domingo por la tarde, que es cuando yo hago mis cuentas, y me quedé un rato mirando la carpeta de facturas sin abrirla. No es un libro que consuele. Tampoco creo que quiera. Deja encima de la mesa una pregunta que en este oficio suele decirse en voz baja y que aquí está impresa en tapa blanda, con precio y con ISBN, cobrando lo que cobra: si esto es trabajo, y lo es, quién lo paga.
— Gema Millán Nieto








