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“Viento de poniente”, de José Elgarresta

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El amor como balsa ante la nada

El poemario orbita en torno a la eterna contradicción humana: la sed de infinito frente a la brevedad material. Elgarresta establece el tono desde el poema homónimo, Viento de poniente, donde sentencia que «la existencia humana es viento» para inmediatamente después contraponer la eternidad a través de los ojos de la amada. Este recurso de salvación mística no es baladí. En piezas como De profundis, el autor desnuda el motor de la experiencia humana, situando al miedo en el origen de todo y proponiendo el amor como la única alternativa lúcida frente a la evasión destructiva. No estamos ante una poesía puramente romántica o edulcorada, sino ante un amor de trinchera; una fuerza gravitatoria que impide que el ser humano se disuelva en la desolación del desierto temporal.

 Elgarresta domina una simbología limpia y de tradición clásica, muy en la línea de autores que admira como Rilke o Pessoa. La escala o escalera aparece de forma recurrente (Perplejidad, Un mensaje, Mi explicación preferida) como una representación de los diferentes planos de la conciencia o las leyes del cosmos. El hombre se sitúa en ella lleno de confusión, obligado a subir pero ignorando el motivo. La volatilidad de los elementos: el viento, las cenizas, la arena y los vencejos, actúan como recordatorios constantes del desmoronamiento del tiempo. Especialmente bella es la metáfora de los «hombres-vencejo», seres elevados que duermen en el aire y cuya tumba no es de piedra, sino el recuerdo puro. El autor logra un equilibrio magnífico en poemas como Mi despertador. Consigue dotar de trascendencia un acto tan cotidiano como ver pasar a la persona amada cargando ropa lavada, equiparándola con la salida del sol. El lenguaje es directo y desprovisto de barroquismos innecesarios.

Su lectura es fluida pero invita a la relectura detenida. Logra capturar la soledad radical del individuo contemporáneo sin caer en el cinismo absoluto. La obra está salpicada de versos con peso propio que funcionan como verdaderas sentencias existenciales, como «Al enamorado la distancia une. Al que no lo es la proximidad separa» (El lenguaje del amor). Debido al fuerte carácter reflexivo y existencial, el tono general del poemario puede resultar monocorde para un lector casual. Los temas del miedo, la fugacidad y el vacío se reiteran bajo fórmulas parecidas en diferentes tramos.

En conclusión, Viento de poniente es un impecable ejercicio de reconstrucción interior. José Elgarresta demuestra que, a pesar de la desolación del entorno o de la conciencia de saberse polvo en el tiempo, el arte y el afecto mutuo siguen siendo las únicas respuestas válidas ante el vacío. Una lectura obligada para los amantes de la poesía filosófica que buscan respuestas —o mejores preguntas— en el lenguaje de las estrellas.

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