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Cuadernos de un poeta desordenado, de Juan C. López Cantos. El cajón donde nunca sé si hay algo o nada

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El cajón donde nunca sé si hay algo o nada

Tengo un cajón en la cocina que no es de nada en concreto. No es el de los cubiertos ni el de los manteles ni el de las medicinas: es el cajón donde va todo lo que no sabemos dónde poner, y por eso mismo es el que más terror me da abrir cuando busco algo con prisa. Gomas, pilas sueltas, un mechero que no funciona, la garantía de un electrodoméstico que ya no tenemos, tres llaves de las que nadie recuerda la puerta. Cada vez que lo abro pienso que ahí dentro está, en potencia, todo lo que fuimos y no ordenamos.

Cuadernos de un poeta desordenado, de Juan C. López Cantos, tiene el mismo gesto que ese cajón, y lo dice desde el título: no promete un poemario con arquitectura, promete el revoltijo honesto de quien escribe sin la obligación de que todo case. Son ochenta y dos páginas, formato pequeño, casi de bolsillo, y se leen con esa misma sensación de estar metiendo la mano sin saber muy bien qué se va a tocar.

Lo curioso es que el desorden, aquí, no es descuido. Hay un hilo —los viajes, la soledad, algo parecido a la nostalgia sin nombre propio— que va apareciendo y desapareciendo entre los poemas sin que el libro se moleste en subrayarlo. López Cantos no construye un argumento; deja que las piezas convivan, como conviven en mi cajón la goma y la llave sin puerta, y confía en que el lector, si quiere, les encuentre un orden que el propio libro no se atreve a imponer.

Eso tiene un riesgo evidente: sin arquitectura visible, algunos poemas se quedan cortos, como notas que no terminaron de crecer, apuntes que uno diría que estaban destinados al cajón y no a la imprenta. Pero también tiene una ganancia que no siempre se valora: la sensación de estar leyendo a alguien en tiempo real, sin la pátina de quien ha revisado tanto que ya no queda nada vivo. Hay poemas breves, de apenas media página, que funcionan mejor precisamente por esa falta de pulido; se quedan en la cabeza como una frase suelta que alguien dijo en un tren y que no volviste a oír pero tampoco olvidaste.

El tono general es el de alguien que viaja más para pensar que para ver cosas: hay ciudades, hay trenes, hay habitaciones de hotel, pero ninguna se describe con vocación de postal. Son escenarios donde ocurre otra cosa, casi siempre la misma cosa: la soledad que no se busca activamente pero tampoco se rechaza cuando llega, esa soledad de mochila y de cuaderno que a algunos les da miedo y a otros, sospecho que a López Cantos entre ellos, les da algo parecido a la paz.

No sé si es un gran libro. No sé si busca serlo. Lo que sí sé es que lo he leído dos veces seguidas, cosa que no hago casi nunca con un poemario tan breve, buscando esa sensación de reconocer algo que ya había leído sin encontrarlo del todo, como cuando vuelves al cajón de la cocina convencido de que ayer había ahí una cosa que hoy ya no está.

Cierro el libro y cierro el cajón, literal y metafóricamente, sin haber encontrado lo que buscaba en ninguno de los dos. Puede que ese sea, exactamente, el punto.

— Gema Millán Nieto

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