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Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río. El lagarto de la mesita de noche

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El lagarto de la mesita de noche

Tengo un problema con las leyendas de los lugares que no he visitado: siempre me parecen más interesantes que las de los que sí he visitado, probablemente porque no tengo recuerdos que las empañen. Jaén lleva años en mi lista de sitios a los que ir y no voy, una lista que funciona más como inventario de deseos aplazados que como agenda real.

El lagarto de la Magdalena no lo conocía. Que en Jaén hubo una serpiente enorme que vivía en el raudal del barrio, que se comía los rebaños y tenía a todo el mundo con miedo de salir a la calle, que las autoridades ofrecieron recompensa para quien la matara y que un preso aceptó el trato a cambio de su libertad, que llegó con un caballo y con corderos con yesca dentro, que la sierpe se los comió y explotó. Que el cielo se puso rojo.

Esto lo cuenta María Ángeles Solís del Río en un poema que se llama «Leyenda» y que está escrito en versos octosílabos que van encadenándose como la memoria cuando reconstruye algo que no has vivido pero que alguien te contó. «La noche, entre maldiciones, / hacía temblar las puertas. / Rugidos en el raudal / del barrio la Magdalena.» Hay algo en ese ritmo que reconoces aunque no sepas por qué, como si alguien te hubiera contado la historia de pequeño en otra versión que ya no recuerdas.

El libro se llama Las huellas de la Sierpe y es un recorrido poético por los monumentos de Jaén. Una plaza, un arco, un convento, una catedral. Pero lo que recorre en realidad es otra cosa: el rastro que deja lo que da miedo en los sitios donde vivió, y también el rastro que dejan los sitios en las personas que los habitan. Las piedras recuerdan. «toca mis muros verdes… / pasado muerto que en tus sienes muerdes.» La iglesia de San Miguel le dice eso al poeta: el pasado muerto que muerdes en las sienes. Me he quedado un rato con ese verso.

Hay un poema que me ha costado sacudirme y que se llama «Magdalena», que es el nombre del barrio pero también el de una mujer. La anáfora de «Mujer» al principio de cada bloque —«Mujer, sálvate y vuela», «Mujer de alas manchadas», «Mujer a la que amó un dios»— tiene algo que no es exactamente liturgia pero se le parece. La sierpe da un paso atrás. Sin dañar su fruto. Yo tenía un miedo concreto hace unos años, no voy a decir cuál, y también dio un paso atrás en el momento en que mi fruto estaba en medio. No siempre pasa. Pero cuando pasa parece un milagro aunque no lo sea.

También está el olivo. «Me abracé a tu tronco / para curar mis cicatrices.» No sé por qué pero me parece que ese verso tiene la misma temperatura que abrazar a alguien más alto que tú y sentir que la espalda deja de doler por un momento aunque el dolor siga ahí cuando te separas. El libro tiene varios versos así, de esos que te dicen algo que ya sabías pero que no habías oído decir de esa manera.

El último poema es sobre la catedral de Jaén y sobre dos almas que se encuentran de madrugada en la plaza vacía. El alma negra dice que no sabe lo que es la belleza y que no quiere saberlo. Cuando está agonizando, mira la catedral y por fin la ve. La sierpe aparece por última vez, arrastrándose, acaso para hacer callar al alma negra. Y el alma blanca sabe un secreto: quién pintó las puertas de verde.

No sé quién pintó las puertas de verde. No lo sé aunque haya leído el libro. Eso también es verdad: hay cosas que los libros te dejan sin respuesta y en eso se parecen a la vida, que también te deja cosas sin respuesta y que de vez en cuando, si tienes suerte, te muestra la catedral antes de que ya no puedas verla.

— Gema Millán Nieto

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