Cuando era niña había un cajón en mi casa donde iban a parar las cosas que no se tiraban pero tampoco se usaban: pilas que no sabíamos si gastadas, llaves de puertas que ya no existían, un llavero de plástico al que se le había roto la mitad. Nadie lo tiraba. Nadie lo arreglaba. Estaba ahí, ocupando sitio, como una pregunta que da pereza contestar.
Me acordé de ese cajón leyendo Instrumento, la primera novela de Paz Clavel, porque hay en ella un llavero con forma de conejo azul que un niño guarda después de que se lo aplasten en el colegio, y que reaparece muchos años y muchos muertos más tarde, deformado, en el bolsillo de una mujer que no sabe si guardarlo o tirarlo. No lo explica. No hace falta. Yo sé exactamente lo que pesa ese conejo.
El libro va de un hombre que mata. Lo digo así, en seco, porque la novela también lo dice así. Matías forma parte de algo que se dedica a eliminar a la gente a la que la justicia no llegó a tiempo, y lo hace con una limpieza que da más miedo que cualquier escena de sangre. Hay una frase en la que deja un cadáver «con cuidado, no por respeto, sino por sentido del orden», y tuve que parar y mirarme las manos. No sabría explicar por qué. A veces los libros hacen eso: te dejan mirándote las manos.
Pero no es una novela sobre matar. O sí, aunque también es otra cosa. Es una novela sobre mirar para otro lado. Sobre los profesores que giran la cabeza, sobre la madre que dice «aguanta un poco más» porque mirar de frente le quedaría grande, sobre todos nosotros, que leemos las noticias de los que piden ayuda antes de morir y pasamos a la siguiente. «La violencia directa deja heridas visibles —dice el libro—; la omisión no.» Lo subrayé. Luego pensé que subrayarlo también era una forma de no hacer nada, y me dio un poco de vergüenza, y seguí leyendo igualmente.
Clavel escribe con frialdad, pero no es una frialdad antipática. Es la de alguien que ha entendido que el dolor, cuando se cuenta a gritos, se vuelve mentira. Aquí no hay gritos. Hay una mujer, Emilia, que ve algo que no debía ver y que al final dice «no sé vivir fingiendo que no vi lo que vi», y esa frase se me ha quedado pegada como se quedan las cosas que una sospecha que dicen algo sobre ella misma.
No sé si el libro es perfecto. Creo que no. Hay un tramo en que se amontonan los papeles, las cartas, los recortes, y una se pierde un poco —aunque quizá perderse forme parte del plan, vete a saber—. Y no termina como terminan los thrillers, con todo colocado en su sitio. Termina con una mujer en una cocina, de noche, mirando un conejo de plástico roto y una tarjeta, sin decidir qué hacer con ninguno de los dos. Una sonrisa rara. La luz pequeña encendida. Y ya.
A mí ese final me parece de una honestidad enorme. Porque la vida tampoco coloca las cosas en su sitio, por mucho que se lo pidamos. Y porque hay daños que no se arreglan; como mucho, se dejan de mirar, que es lo que hace todo el mundo en la novela menos ella.
No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Es incómodo, es frío, no te deja salir limpio. Pero hay libros que están ahí, esperando, para quien los encuentre y aguante la mirada. Este es uno de esos. Yo lo dejé en la mesita de noche, que es mi versión del cajón. No para no leerlo otra vez. Para tenerlo cerca.
— Gema Millán Nieto








