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DIECISÉIS AÑOS CALLADO Y VUELVE CON ESTO: SOBRE TOMÉ Y EL DESEO QUE NO SE RINDE

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DIECISÉIS AÑOS CALLADO Y VUELVE CON ESTO: SOBRE TOMÉ Y EL DESEO QUE NO SE RINDE

Llevo tres días con Moneda del sentir en la mesita de noche y no sé muy bien cómo escribir sobre él sin que suene a esas reseñas académicas que huelen a naftalina y hablan de «la poética del autor» como si los poemas fueran cadáveres que hay que disecar. Así que voy a hacer lo que sé hacer, que es dejar los pedazos a la vista y que quien quiera mirar que mire. Este libro de César Tomé me ha tocado donde no quería que me tocaran, que es exactamente en esa zona donde el deseo y la dignidad pelean a muerte y ninguna de las dos gana nunca del todo. Y voy a intentar explicar por qué, aunque me salga mal, aunque me ponga en evidencia, aunque termine hablando más de mí que del libro porque la crítica literaria honesta siempre es confesión disfrazada.

Conocí el libro por casualidad, como se conocen todas las cosas importantes. Alguien me lo mencionó en una conversación sobre poetas que no publican cada año, que no están en todas las presentaciones, que no usan Instagram para vender sus emociones envasadas al vacío. Y pensé ah, otro de esos, otro poeta al que el mercado se ha comido vivo y ha decidido callarse. Pero resulta que no. Resulta que Tomé se calló durante dieciséis años porque no tenía nada que decir que mereciera ser dicho, y ahora vuelve con ochenta y seis páginas que funcionan como un puñetazo en el estómago si estás dispuesta a leerlas de verdad, a trabajar con ellas, a dejar que te incomoden. Porque este no es un libro para leer en el metro distraídamente mientras scrolleas el móvil con la otra mano. Este es un libro que exige que apagues todo, que te sientes, que te concentres, que aceptes que no vas a entenderlo todo en la primera lectura. Y eso, en 2026, es casi un acto de violencia contra el lector acostumbrado a la inmediatez.

La primera vez que lo leí me cabreé. De verdad. Porque empiezas con ese POSICIONARSE en mayúsculas que te lanza a la cara como una bofetada, sin preparación, sin esa introducción amable que te coge de la mano y te dice «tranquila, que esto va a ser bonito». No. Tomé te dice desde el primer verso «o estás conmigo o estás contra mí, decide ahora». Posicionarse siempre a favor de los cuerpos que, sin fruto prohibido, se contemplan. Y yo pensé qué sabrá este señor de Burgos de los cuerpos que se contemplan, qué sabrá de la dificultad de sostener el deseo cuando llevas años con la misma persona o cuando llevas años sola, qué sabrá de esa negociación constante entre lo que quieres y lo que puedes. Pero seguí leyendo porque algo en ese tono combativo, en esa negativa a pedir perdón por desear, me enganchó. Y entonces llegué al Poema 3 y leí «jamás un recortable o un acertijo, el cuerpo» y pensé hostia, este tipo sí que sabe.

¿Por qué nos da tanto miedo hablar del cuerpo sin ponerle ropa literaria encima? ¿Por qué necesitamos siempre metáforas bonitas que suavicen el hecho brutal de que el deseo es físico, visceral, que ocurre en la piel y no en las ideas? Tomé no hace eso. Tomé escribe «mis dedos como lápices de llama sin horario, mi mano como iris dormido entre las suyas» y no es una imagen bonita para decorar un poema es la descripción exacta de lo que siente un cuerpo cuando desea otro cuerpo. La temperatura, el tacto, la luz que desprenden las cosas cuando las tocas con atención. Y eso me recordó a una conversación que tuve hace años con una amiga sobre por qué la poesía contemporánea nos parecía tan fría, tan desencarnada, tan de cerebro y tan poco de tripas. Este libro no es frío. Este libro es todo cuerpo, aunque esté escrito con una complejidad formal que te obliga a releer cada verso tres veces.

Pero vamos a lo difícil, que es reconocer que este libro me duele. Me duele porque habla de algo que yo también conozco, que es la insistencia. La puta insistencia de seguir deseando cuando todo te dice que no merece la pena, que ya lo intentaste, que ya te equivocaste, que mejor quedarte quieta y no arriesgar más. Tomé escribe «me desvivo por ser el dueño de mi historia» y «no permito la venda que ejerce de mentora» y yo leo eso y pienso en todas las veces que he permitido la venda, que he aceptado la simulación, que he dicho «bueno, esto es lo que hay, conformémonos». Y el libro entero es una negativa brutal a conformarse. Es decir no a las efigies de niebla, no a los cuartos huraños, no a la rutina que todo lo mata, no a la mentira piadosa que te cuenta que el deseo se acaba y hay que ser adulta y aceptarlo. Y esa negativa es política, aunque el libro no hable explícitamente de política. Es política porque vivimos en un mundo que nos vende la idea de que el deseo es cosa de juventud, que pasados los cuarenta hay que centrarse en otras cosas más importantes, que la intensidad es de inmaduros.

La estructura del libro es obsesiva de una manera que me fascina y me angustia a partes iguales. Treinta y dos poemas numerados que giran sobre el mismo tema, una y otra vez, sin tregua. Al principio piensas «ya está, ya lo ha dicho, no hace falta que insista». Pero Tomé insiste. Poema tras poema, verso tras verso, metáfora tras metáfora. Como cuando estás peleando con alguien y sigues volviendo al mismo punto porque no lo has resuelto, porque sigue ahí, porque no puedes dejarlo estar. Y esa insistencia formal replica la insistencia temática el deseo que no se rinde aunque debiera, aunque fuera más cómodo rendirse. Y funciona porque cada poema añade algo que los anteriores no tenían, un matiz, una contradicción, una duda. «Temo y en cambio olvido, dudo y en cambio soy», escribe en el Poema 3, y esa frase resume todo el libro la convivencia imposible de contrarios que no se resuelven nunca.

Tengo que hablar de la dificultad porque si no lo hago estaría mintiendo. Este no es un libro fácil. La sintaxis es enrevesada, llena de inversiones y subordinadas que te obligan a volver atrás y releer. El vocabulario oscila entre lo culto que a veces necesitas diccionario y lo coloquial que aparece de pronto y te descoloca. «Del bum de la maana, una imagen de peso» dice en un verso, y en el siguiente te suelta «mculas» o «inmarcesible» y tú piensas «¿en serio?, ¿ahora me pones a prueba?». Pero esa dificultad no es pose ni es gratuita. Es que Tomé está intentando capturar algo muy específico el modo en que una cabeza piensa el deseo cuando ya no eres joven, cuando ya has vivido suficiente como para saber que las cosas no son simples, que no hay respuestas fáciles, que todo es matiz y contradicción. Y eso no se puede decir con frases cortas de Instagram. Eso necesita espacio, complejidad, tiempo.

La metáfora de la moneda me pareció al principio un truco, una cosa ingeniosa que suena bien en la contraportada pero que no se sostiene. Y resulta que sí se sostiene. Todo el libro está construido como una moneda de verdad con su anverso donde declaras lo que piensas en público, su canto que es el grosor olvidado donde habita lo que realmente eres, y su reverso donde intentas cerrar aunque sabes que no hay cierre posible. Y esa estructura no es decorativa es el libro mismo. Cuando Tomé escribe «O la forma de pago de quien desea» está diciendo algo muy concreto que el deseo es transacción, intercambio, que tiene valor y peso, que se gasta con el uso pero sigue valiendo. Y eso me hizo pensar en todas las veces que he usado la palabra «invertir» cuando hablo de relaciones, como si el amor fuera una economía donde calculas qué pones y qué recibes. Y quizá lo sea. Quizá Tomé tenga razón y el sentimiento sea una moneda que circula, que se desgasta, que tiene dos caras que no puedes separar.

¿Y el final? El final es una putada porque no resuelve nada. «Si salta el runrún del letal desamor, volvamos a la estrella de salida, mostrmonos como bosque que entona un derroche de embrujos». ¿Eso es esperanza o es resignación? ¿Es decir que siempre puedes volver a empezar o es reconocer que volver al principio es no avanzar nunca? No lo sé. Y me gusta no saberlo. Me gusta que Tomé tenga la honestidad de cerrar el libro con una ambigüedad que no intenta resolver, porque la vida es así, ambigua, contradictoria, llena de preguntas que no tienen respuesta única. Y la literatura que intenta resolverlo todo, que te da las respuestas masticadas, que te promete catarsis y sanación, esa literatura miente. Esta no miente. Esta te acompaña en la dificultad sin prometerte que va a ser fácil.

Voy a decir algo que probablemente me deje en evidencia no sé si este libro me gusta. De verdad que no lo sé. Me incomoda, me duele, me obliga a pensar cosas que preferiría no pensar. Pero lo necesito. Necesito que existan libros así, que no te den palmaditas en la espalda, que no te digan «pobrecita, yo te entiendo», que te exijan trabajo y concentración y que a cambio te den compañía real en las preguntas difíciles. Necesito que existan poetas como Tomé que se callan durante dieciséis años porque no tienen nada importante que decir y que cuando vuelven lo hacen con un libro que no hace ninguna concesión al mercado, a la moda, al gusto fácil. Necesito saber que todavía hay gente que se toma la poesía en serio, que no la usa como terapia barata ni como exhibicionismo emocional, sino como herramienta de conocimiento.

¿Para quién es este libro? No lo sé. No es para la gente que lee poesía en Instagram esperando encontrar frases que puedan poner en sus stories. No es para quien busca consuelo rápido ni respuestas fáciles. Es para gente que ha vivido suficiente como para saber que el deseo es territorio complicado donde no hay manual de instrucciones. Para gente que está dispuesta a trabajar con el texto en lugar de esperar que el texto haga todo el trabajo. Para gente que entiende que la profundidad no está reñida con la emoción, que pensar y sentir no son actividades separadas. Y si eso suena elitista, pues que así sea. No toda la literatura tiene que ser para todo el mundo. A veces está bien que existan libros difíciles, exigentes, que seleccionen su público de manera natural.

Dejé el libro en la mesita de noche y sigo volviendo a él. Leo un poema al azar, cierro el libro, me quedo pensando. Y eso es lo que hace la buena literatura, ¿no? No te da respuestas te da compañía en las preguntas. No te resuelve la vida te ayuda a nombrar lo que te pasa. Y Moneda del sentir hace eso sin aspavientos, sin poses, desde una honestidad brutal que a veces duele pero que nunca miente. Tomé escribe desde un lugar de vulnerabilidad que es lo contrario del victimismo es la vulnerabilidad que elige insistir, que se niega a rendirse, que dice «sí, es difícil, sí, duele, pero sigo aquí, posicionándome a favor de los cuerpos que se contemplan». Y eso, en tiempos donde rendirse está de moda y donde la queja constante se ha convertido en pose estética, es casi un acto de resistencia.

No sé si he hablado del libro o de mí. Probablemente de las dos cosas, porque la crítica honesta siempre es confesión. Y si eso me pone en evidencia, si deja ver el estropicio, pues que así sea. Al menos habrá servido para algo para decir que este libro existe, que merece leerse, que César Tomé ha vuelto después de dieciséis años de silencio con algo que vale la pena, algo que no se parece a nada de lo que se está publicando ahora, algo que exige y que a cambio da mucho si estás dispuesta a recibirlo. Y con eso me vale.

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