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Tu silencio de Nancy Ordóñez. El poemario que tuve que leer en el momento exacto en que todo se me caía encima

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El poemario que tuve que leer en el momento exacto en que todo se me caía encima

Leí Tu silencio de Nancy Ordóñez en un momento de mierda absoluta, cuando llevaba tres semanas sin salir de casa porque escribir sobre el mundo parecía más soportable que vivir en él. Me llegó el libro editado por Poesía eres tú y pensé que sería otro poemario más de esos que te hablan del dolor con palabras bonitas, de esos que convierten la tragedia en objeto decorativo para que la gente se sienta culta mientras toma vino en una presentación. Pero Nancy Ordóñez no escribe poesía para quedar bien en las presentaciones. Escribe porque hay cosas que si no las dices te revientan por dentro y porque hay silencios que pesan tanto que solo puedes nombrarlos con el lenguaje más crudo que tengas a mano. Y eso es exactamente lo que hace en este libro que se divide en cuatro partes y que funciona como un puñetazo progresivo en el estómago, de esos que primero te dejan sin aire y luego te obligan a respirar de otra manera.

La primera parte se llama «Entre las sombras del silencio» y arranca con un poema que se titula «Somos» pero que en realidad debería llamarse «No somos una mierda». Porque ahí está todo el vacío existencial del que nadie quiere hablar, ese «existir casi distante / en reflejo cubierto de rojo / serpiente azul por el cuerpo / en latente movimiento / negativo de placa en blanco». Nancy escribe como quien está tratando de entender qué coño significa estar viva en un mundo que te machaca todos los días y no te da ni un segundo para procesarlo. En «Distante» habla de Pompeya y del Vesubio y del amor que se convierte en ceniza, y lo hace sin dramatismo impostado, sin romantizar el dolor como si fuera algo hermoso. El dolor no es hermoso, el dolor es una mierda que te obliga a seguir caminando con las piernas rotas. Y Nancy lo sabe. «Rescate» es el poema donde empiezan las preguntas que no tienen respuesta, esas que te haces a las tres de la mañana cuando no puedes dormir: «¿Cómo variar este ritmo? / ¿Cómo darle alegría al día? / ¿Cómo danzar con sus colores / y hacerme libre?». Y luego está ese «Tú en lánguido sonido / con tu eco invasivo / siempre llenando de frío / el infinito hueco de mi soledad» que es lo más honesto que he leído sobre la soledad en mucho tiempo. Porque la soledad no es estar sola, la soledad es ese eco que te invade y que te llena de frío aunque estés rodeada de gente.

La segunda parte, «Los ojos silenciados», es donde el libro se vuelve insoportable en el mejor sentido posible. Aquí Nancy deja de hablar solo de su vacío interior y empieza a hablar del vacío colectivo, de la violencia que atraviesa todos los cuerpos, de la pandemia, del Chocó, de los algoritmos que nos están convirtiendo en zombis emocionales. «Presente» es brutal: «Soy de este tiempo, el de las mentiras y tristezas / donde las palabras rapaces sepultan las ideas / y los cuerpos sangrientos visten los paisajes / sobre los leños cenicientos». Ahí está todo, el diagnóstico completo de este siglo de mierda que nos ha tocado vivir. Y luego viene «Covid», que no es un poema sobre el encierro doméstico sino sobre el desarraigo total: «Paso del día a la noche / en el fondo de este caño / cansada de ver y no ser / de repetir y no encontrar / desarraigo de memoria / desesperanza azul del cielo». Pero el poema que más me destrozó fue «Un silencio en silencio», donde Nancy escribe sobre el big data, sobre el algoritmo que «no siente frío, el omnipresente algoritmo / sin amor, ni dolor, su piel sigue lisa, no se eriza / en sus luces sin versos, la ternura es vendida / en la pantalla los gemidos interminables / los humanos, no escriben, ya no son canto». Eso es exactamente lo que está pasando, que nos hemos convertido en consumidores de emociones falsas mientras la vida real se nos escapa entre los dedos. Y después está «Serpiente azul», que habla del Chocó, de los ríos que llevan cuerpos mutilados desde el dos mil dos, de esa violencia que nadie quiere nombrar porque es más cómodo mirar para otro lado. Nancy no mira para otro lado. Nancy mira directamente al horror y lo escribe con una precisión que te obliga a mirarlo tú también.

«Voces que rompen el silencio» es la tercera parte y aquí el libro cambia de tono sin perder la crudeza. Nancy le habla directamente a las mujeres y les dice que se miren al espejo, que se pongan el casco y la coraza brillante, que desenfunden la espada y atraviesen los vientos antes de que el nuevo dolor se siembre en sus almas. No es una proclama feminista de esas cursis que te dicen que eres una diosa guerrera y ya está. Es un grito de supervivencia. Es decir: estamos rotas pero seguimos aquí y vamos a pelear porque no queda otra. «Niña chocoana» habla de los ritmos que retumban a los pies, de los cantos y rondas fúnebres que emergen al mundo en las risas de la tía abuela. Ahí está la resistencia cultural, esa que no necesita museos ni instituciones porque vive en los cuerpos y en las voces de las que siguen cantando aunque el mundo se caiga a pedazos. «Amalia» es un homenaje a Amalia Rodrigues, a esa mujer que fue «alma en garganta del pueblo andaluz / arrullo de mar y leyenda en tus labios / como náufrago esperando la playa». Nancy construye una genealogía de mujeres que han convertido el arte en forma de resistencia y lo hace sin solemnidad, con la ternura de quien reconoce a las suyas. Y luego está «La Comedia Femenil», donde enumera todos los roles de mierda que nos han obligado a interpretar: «Fui princesa en esta divina comedia / sin vestido verde me entregué cual presa / mi fortín de madre detuvo el reloj, se perdió el linaje / la libertad se llenó de mentiras, quedo sordomuda». Pero también está el levantarse del acantilado, el sanar con llanto y barro, el renacer como Afrodita en primavera con una esfera en la pupila alumbrando sabiduría. Y eso sí que es feminismo de verdad, no la pose sino la supervivencia.

La cuarta parte se llama «En las aguas de la vida» y cierra el libro con una esperanza precaria, de esas que no prometen paraísos pero que al menos te permiten seguir respirando. «Un hilo en el tiempo» habla de las heroínas que retrocedieron con Cuba en su canto y de los doce engendros llenos de sangre y dólar, pero también de ese primer amanecer del dos mil veintitrés cuando el sol abraza la luna y la dignidad se viste de verde. Nancy está hablando de la historia reciente de Colombia sin caer en el panfleto, cifran do la realidad política en imágenes que funcionan como condensaciones de toda una época. «Contra nocturno» es un poema raro, hipnótico, que repite «como en este día» hasta convertirlo en mantra: «como en este día de la vida en primavera / como en este día todo lleno de ardillas y lagartos y de garzas que avisaban». Es una celebración de la vida que persiste más allá de la selva oscura, un diálogo con Dante que reescribe el descenso al infierno como ascenso luminoso. Y después viene «Gratitud», que es el poema donde Nancy reconoce que ha cambiado, que ya no es esa babosa pegada a la vida denigrando de su sombra sino alguien que puede mirarla sin leyes ni vacíos, pintando corazones de rojo mientras sigue bebiendo su elixir de agua y gritando al mundo su existencia. Ese grito de existencia me parte el alma cada vez que lo leo porque no es triunfalista, no es optimista, es simplemente la constatación de que sigues viva y de que eso ya es suficiente. El último poema, «A Gabo», es un reconocimiento de deuda con García Márquez y con toda la tradición literaria latinoamericana: «diviso en el firmamento, en milésimas de segundo, la hechicería de Gabo / me fundo en —el relato de un náufrago— y sucumbo entre sus mágicas palabras». Nancy se inscribe en una genealogía mayor y lo hace sin falsa modestia, reconociendo que su voz se sostiene sobre las voces de quienes escribieron antes.

Nancy Ordóñez Salinas es licenciada en Matemáticas por la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Edumática, docente durante más de treinta años en instituciones educativas de Bogotá, coautora de un libro sobre innovación educativa y mujer que ha centrado su investigación pedagógica en la interdisciplinariedad y la pedagogía crítica. Todo eso importa. Importa porque Tu silencio no es el libro de alguien que escribe desde la torre de marfil sino de alguien que ha estado en las trincheras de la educación pública, que ha visto de cerca la pobreza y la violencia, que sabe lo que significa trabajar con estudiantes a los que el sistema ha decidido abandonar. Y esa experiencia está en cada verso, en cada imagen, en cada silencio que este libro nombra. Cuando Nancy escribe «esa palabra siempre será ella vestida con mis poemas» está diciendo que la poesía no es un juego estético sino una forma de dar cuerpo a lo que no tiene nombre, de vestir con palabras a lo que el silencio pretende enterrar. Y eso es exactamente lo que hace este poemario: desenterrar lo que preferimos no ver, nombrarlo sin adornos, sin metáforas complacientes, sin la mentira de que todo va a estar bien. No va a estar bien. Pero al menos podemos decirlo en voz alta. Al menos podemos escribirlo. Al menos podemos gritar nuestra existencia aunque el mundo nos ignore. Y eso ya es bastante.

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