Inicio Reseñas y crítica Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Leer...

Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: Leer a este poeta me dejó sintiéndome una traidora

13
0

Leer a este poeta me dejó sintiéndome una traidora

Lo primero que pienso cuando termino de leer Restauración de la Belleza es que necesito contárselo a alguien. No a todo el mundo. A alguien específico. A esa persona que conoces y que también ha sentido alguna vez que el mundo avanza hacia algún sitio horrible sin que nadie haga demasiado por evitarlo, y que sin embargo sigue levantándose y poniendo una canción que le gusta y creyendo que eso importa. Le diría: lee este libro. No te va a alegrar el día. Pero vas a sentir que hay alguien ahí fuera que entiende exactamente lo que tú y yo ya no nos atrevemos a decir en voz alta.

José Carlos Turrado de la Fuente tiene treinta y tantos libros publicados. Es profesor de instituto en Laguna de Duero, ha ganado el Premio Internacional de Poesía Álvaro de Tarfe, escribe con rima consonante y metro clásico en 2026, que es básicamente el equivalente literario de salir a la calle con una armadura. Nadie te avisa de que hace calor, de que eso ya no se lleva, de que la gente te va a mirar raro. Él lo sabe y lo hace igual. Y cuando uno se para a pensar por qué, la respuesta que da el libro es incómoda de una manera productiva: porque si no lo hace él, no lo hace nadie. Y si no lo hace nadie, algo se pierde para siempre. Ese tipo de pérdida es la que me pone nerviosa.

El libro empieza con un poema sin número que dice que el arte es bello o no es arte. Lo dice convocando a Shakespeare, a Lope, a Homero, a Dante, a Rembrandt. Yo leí ese poema y sentí lo que siento a veces cuando alguien dice algo que yo creía que solo pensaba yo: un alivio raro mezclado con una vergüenza pequeña de no haberlo dicho antes. Porque sí, claro que el arte contemporáneo me ha dejado muchas veces delante de algo costosísimo pensando «esto no me dice nada y me siento mal por no entenderlo». Turrado lo dice sin disculparse. Lo dice como si fuera evidente, que quizás lo es. Esa ausencia de disculpa es la parte que más me gusta y también la que más me incomoda, porque me obliga a mirar en qué cosas yo sí me disculpo todavía sin necesitar hacerlo.

Luego están los viajes. Extremadura, Castilla, Galicia, Andalucía. Parauta, con sus dos mujeres —una que huele a jazmín, otra con un fandango en la cabeza que podría ser un cuadro de Sorolla si Sorolla escribiera sonetos—. Miranda del Castañar, donde una niña le observa al sesgo desde detrás de un cristal como si él fuera un animal raro o un fantasma o las dos cosas. Guadalupe, donde Antonia ya no está para abrirle la puerta y él escribe «¡Qué horrible y silencioso hoy el cenar!» y punto. Sin más explicación. Sin trabajarlo más. A veces la línea exacta no necesita nada alrededor. Me quedé un rato parada en ese verso. Luego seguí leyendo, pero ese verso se quedó conmigo todo el día, instalado en algún sitio entre el esternón y la garganta.

Y la mujer. La amada sin nombre que aparece y desaparece a lo largo del libro como aparece y desaparece la gente que uno quiere de verdad: sin avisar, dejando un rastro desproporcionado. «Amar es mi condena y mi alegría». Lo escribe así, con esa claridad que da miedo porque cuando alguien dice exactamente lo que sientes parece que te han leído el correo. Me pregunté si hay alguien que no haya sentido eso alguna vez. La condena que es también una alegría. El amor como algo que te pasa encima y no tiene ningún sentido rechazarlo aunque duela. Turrado no pide permiso para sentirlo ni para escribirlo. Eso también es una forma de valentía que me parece subversiva en una época que pide constantemente matices y distancias y capas de ironía protectora.

El final del libro es la poesía que se va. Que se marcha porque la hemos tratado como a una «tonta esposa servicial» y ya no aguanta más. La última palabra antes de cerrar la puerta es «monos». Cerré el libro y pensé: tiene razón. Y luego pensé: ¿y yo qué he hecho? ¿Qué hemos hecho? ¿Cuántas veces he elegido lo fácil, lo rápido, lo que no exige nada? No lo digo como flagelación. Lo digo como pregunta honesta que este libro me dejó flotando y que todavía no he terminado de contestar. Eso es exactamente lo que debe hacer un libro. Este lo hace.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí