Lo que la muerte no se llevó: leer a Barbero y quedarse sin excusas
Hay una frase en este libro que me golpeó a traición mientras estaba sentada en el sofá con los pies fríos y el café ya frío también, y es esta: «la muerte siempre nos deja con algo por hacer». La leí y me quedé quieta. No porque sea una frase especialmente elaborada —no lo es, y ese es exactamente su poder— sino porque me di cuenta de que llevaba años pensando exactamente eso sin haber encontrado las palabras. Fernando Barbero Carrasco las encontró, las puso en el centro de su poemario, y de algún modo convirtió una evidencia universal en algo personal e intransferible. Eso, cuando ocurre en un libro de poesía, es lo que llaman que funciona.
No conocía a Barbero antes de este libro. Lo digo sin vergüenza porque creo que la honestidad sobre lo que una no sabe es más interesante que la pose de haberlo seguido desde siempre. Lo que sí sé ahora, después de haberlo leído dos veces —la primera rápido, como quien tiene hambre, la segunda despacio, como quien quiere entender— es que este hombre de Vallecas, nacido en 1949, lleva décadas mirando el mundo con una atención que no se le da a todo el mundo y que, cuando se tiene, duele un poco.
El libro sale de Ediciones Rilke, ocupa el número 73 de su colección de poesía, y viene precedido por un epígrafe de José Agustín Goytisolo que dice que un hombre solo, una mujer, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada. Funciona como una advertencia y también como una declaración de intenciones: esta poesía habla de lo que somos cuando estamos solos y de lo que nos volvemos cuando nos juntamos con otros. Todo el libro es eso. Una exploración de la soledad y del encuentro, del tiempo que pasa y de lo que queda cuando pasa.
Barbero escribe en verso libre, sin disculparse por ello. En el poema Poemas hay incluso un momento en que recoge la crítica de un ex amigo que le dice que lo que escribe no rima y no tiene ritmo y que más bien parecen relatos, y él responde con una enumeración de todo lo que sus poemas no son —sonetos, alejandrinos, odas, madrigales— para terminar diciendo, con una honestidad que a mí me pareció casi feroz: «es posible que mi antiguo amigo esté en lo cierto / y esto sea pura prosa». Y sin embargo uno sigue leyendo. Porque lo que hace que un texto sea poesía no es la forma métrica sino la tensión, la electricidad entre las palabras, la sensación de que alguien está diciéndote algo que necesitas oír.
Lo que más me interesa de este libro, lo que me tiene todavía pensando días después, es cómo construye Barbero su autorretrato generacional sin que parezca un documento histórico. Está el franquismo, sí, con su guardia civil repartiendo palos en la plaza y su cura mandando y su falta de bibliotecas. Está la droga llegando con los voluntarios de la guerra de Ifni, el hachís, el caballo, «y los más débiles y sensibles siguieron y siguieron y siguieron». Está la generación que creyó que podía cambiar el mundo, que bajó los puños cuando llegaron las leyes y los votos y el dinero y las sonrisas falsas, que compró coches y televisores de plasma y «abandonamos la idea de clase y descartamos la palabra dignidad». Eso está todo en el libro, contado sin retórica, sin el dramatismo añadido del que convierte su pasado en monumento.
Barbero lo cuenta como quien cuenta algo que le ocurrió a él y a mucha gente que él conoció, y esa diferencia —entre el testimonio vivido y el discurso construido— es la que hace que sus poemas políticos no suenen a arenga sino a conversación. En No leímos a Homero escribe: «Leyes, votos, dinero y sonrisas falsas / nos derrotaron y bajamos los puños. / Compramos coches, casas, televisores de plasma. / Abandonamos la idea de clase / y descartamos la palabra dignidad. / No habíamos leído a Homero». La autocrítica está ahí, sin trampa. Es una generación que se examina a sí misma con dureza y sin complacencia, y eso en la poesía española es más raro de lo que debería ser.
Pero lo que me ha llegado más hondo —y aquí voy a ser completamente subjetiva, como creo que hay que ser cuando se habla de un libro de poesía— son los poemas que tienen que ver con el cuerpo y con la fragilidad. Hospital Clínico de Madrid es un poema brevísimo, casi telegráfico, que describe desde la cama de quirófano —los gestos de los cirujanos, la sangre que brota, la luz blanca del techo, la muerte asomándose a las puertas— y termina así: «Y al final del pasillo / la dulzura de la mirada de Pilar / la fuerza en las manos de Paula / el abrazo cálido y reconfortante de Andrea. / Merece la pena haber sobrevivido». Me lo leí tres veces. Hay en esa última línea una gratitud tan desprovista de ornamento, tan directa y tan verdadera, que me resultó más emocionante que cualquier artificio retórico que pudiera haberse empleado en su lugar.
También Mis hijas, ese poema en el que Barbero rodea por todos lados la idea de que lo mejor que tiene no le pertenece, que no hay título de propiedad que le haga dueño de lo que más quiere: «Lo más amado, lo que más quiero / Por lo que daría mi vida sin dudarlo / me es ajeno». Una paradoja que es también una declaración de amor, de un tipo de amor que reconoce al otro como ser separado, libre, que no necesita ser poseído para ser amado. Eso también es muy poco frecuente en la poesía, y cuando aparece, uno lo agradece de un modo que no sabe muy bien cómo explicar.
Hay mucho viaje en este libro. Lisboa, Venecia, Madeira, Buenos Aires, el Himalaya, los campamentos saharauis de Tinduf, Mojácar, la Sierra Norte de Guadalajara en invierno. Barbero viaja con los ojos completamente abiertos y escribe sobre lo que ve con la atención de quien sabe que los lugares también tienen algo que decir si uno se calla el tiempo suficiente para escucharlos. El monolito de basalto en la playa de Madeira al que el sol «solo puede iluminarle con admiración». El gondolero visto por primera vez no sobre su góndola sino apoyado en la balaustrada de un puente, en una mañana de octubre de Venecia. El baobab en la hamada saharaui al que le pregunta de qué agua subterránea se alimenta y cómo hace para sobrevivir. Son imágenes que se quedan.
Barbero lleva años dando talleres de escritura en cárceles como voluntario. Eso no lo convierte automáticamente en buen poeta, pero sí explica algo de la textura de su escritura: la capacidad de hablar con gente cuya existencia está marcada por la pérdida y el límite, y hacerlo desde la escucha y no desde la lástima. En Soy un hombre caminando sobre rescoldos le habla a alguien que mira el metro cuando se acerca y sopesa la posibilidad de acabar con todo, y le ofrece lo único que puede ofrecerle: «una mirada y mis brazos». No hay solución en ese poema, no hay discurso tranquilizador, no hay promesa que no pueda cumplirse. Solo la presencia. Eso, a veces, es lo más honesto que se puede hacer.
Lo que me llevo de este libro es la sensación de que la poesía, cuando la escribe alguien que ha vivido de verdad —que ha tenido frío y ha estado en la cárcel y ha escalado montañas y ha visto morir a amigos y ha amado con la conciencia de que el amor no se posee— puede ser una forma de contarle al lector que no está solo en esto. Que la muerte nos deja siempre con algo por hacer, sí, pero también que mientras tanto hemos tenido botijos, bibliotecas, un LP de Paco Ibáñez, amaneceres en la montaña y la espalda suave y firme de alguien amado. Que eso fue real. Que contó.








