ESCRIBO ESTO DESDE LA RABIA Y DESDE EL CUERPO QUE SE ROMPE LEYENDO
Compré este libro porque estaba enfadada. Enfadada con Madrid, enfadada con mi propia existencia de privilegiada que vive en la capital mientras el resto del país se pudre lentamente y nadie parece darse cuenta o a nadie parece importarle una mierda. Estaba en una librería de Malasaña —esa Malasaña gentrificada y turística que ya no reconozco— y el librero me puso Cuentos para un destierro digno de Martín Lorenzo Paredes Aparicio en las manos. «Es de Jaén», me dijo. Y yo pensé: perfecto, necesito leer algo que me saque de esta burbuja asfixiante de Madrid donde todos fingimos que España es solo esto, esta ciudad monstruo que se traga todo.
Lo leí de una sentada. Lo leí con el cuerpo tenso, con esa tensión que sientes cuando algo te está tocando fibras que preferirías mantener dormidas. Y mientras leía sobre esa anciana violinista que recorre Jaén en tranvía leyendo libros, «admirando la belleza decadente de una ciudad que se hacía vieja sin capacidad de salvación», sentí que algo se rompía dentro de mí. Porque yo también vengo de una ciudad periférica. Yo también he visto cómo mi ciudad se moría lentamente mientras Madrid y Barcelona acaparaban recursos, atención, vida. Y nunca nadie escribía sobre eso. Nunca nadie ponía palabras a esa humillación específica de ser de provincia en un país centralista hasta la crueldad.
Paredes Aparicio escribe desde Jaén y sobre Jaén con una precisión obsesiva que al principio me pareció excesiva. Cada calle nombrada, cada convento derribado, cada palacio vendido a fondos buitre —esas palabras, «fondos buitre», que el autor repite sin eufemismos, sin suavizar— documentado como si estuviera haciendo un inventario forense de una ciudad asesinada. Plaza de Santa María, convento de la Coronada, palacio de los Covaleda-Nicuesa. Nombres que yo no conocía pero que después de leer el libro se me han quedado grabados en la memoria como cicatrices. ¿Por qué nos importa tanto Guernica y no sabíamos que Jaén fue bombardeada en 1937 matando a más de ciento cincuenta personas? La pregunta no es retórica. Es política. Es obscena.
El autor —licenciado en Derecho, trabaja con mujeres vulnerables en una asociación— hace algo arriesgadísimo: mezcla realismo documental brutal con fantasía reparadora. Esa anciana del primer relato al final muere y asciende en un tranvía celestial tripulado por artistas muertos de Jaén. Y yo que normalmente detesto el realismo mágico ñoño, ese que se usa para no enfrentarse a la realidad, aquí entendí que estaba funcionando de manera radicalmente distinta. Paredes Aparicio usa la fantasía no para escapar sino para reparar simbólicamente lo que la realidad nunca reparará. Es jodidamente inteligente. Es desesperado. Es honesto.
Déjenme que les cuente algo: yo no sabía prácticamente nada de Jaén antes de leer este libro. Soy esa clase de madrileña de adopción que se cree que España es lo que sale en los suplementos culturales de los periódicos nacionales. Pero este libro me enseñó más sobre mi país, sobre el país real que habitamos fuera de las burbujas urbanas, que todo lo que he leído en años. Y me avergüenza. Me avergüenza profundamente haber vivido treinta y tantos años ignorando que hay ciudades enteras muriendo mientras yo me preocupaba por gilipolleces metropolitanas.
La prosa de Paredes Aparicio es densa, viscosa, difícil. No voy a mentir porque una de las cosas que más me jode del periodismo cultural es la mentira piadosa. Este libro requiere concentración brutal. Frases como «La música era el aire que necesitaba para respirar. La poesía, su pan» aparecen constantemente, frases que tienes que masticar, tragar lentamente, dejar que se asienten en tu cuerpo antes de continuar. No es lectura para el metro. No es lectura para antes de dormir. Es lectura para cuando estás dispuesta a que algo te remueva las entrañas.
Y hay algo profundamente feminista en este libro aunque el autor probablemente no lo haya planteado así. Todas esas ancianas que resisten mediante cultura —leyendo, tocando violín, manteniendo viva la memoria— mientras la ciudad se desmorona a su alrededor. Todas esas brujas ejecutadas por la Inquisición que siglos después encuentran liberación cortando rosas amarillas místicas. Hay reivindicación silenciosa de prácticas culturales que siempre se han considerado femeninas y prescindibles: leer, cultivar belleza, mantener memoria cuando todo el mundo quiere que te calles y olvides.
Trabajo como editora. Veo cientos de manuscritos al año. Y puedo decirles que esto que hace Paredes Aparicio —territorializar el destierro hasta el límite, nombrar cada puta piedra de su ciudad como si fuera un acto de resistencia— es rarísimo. La mayoría de autores jóvenes españoles escriben desde no-lugares, desde ciudades genéricas que podrían estar en cualquier parte. Tienen miedo de parecer provincianos. Tienen miedo de parecer poco cosmopolitas. Y Paredes Aparicio dice que le importa una mierda parecer cosmopolita, que va a escribir sobre Jaén específica, concreta, cartográfica, aunque nadie conozca las calles que nombra. Y precisamente por esa hiperespecificidad el libro se vuelve universal. Porque cualquiera que venga de ciudad periférica española reconocerá su propio destierro en el de Jaén.
Hay un relato que me dejó físicamente mal. «Un cuento de Adviento». Después de varios cuentos donde las injusticias históricas encuentran redención fantástica, este relato sobre un refugiado que llega a la estación de Jaén termina en suspensión brutal, sin final, sin consuelo. Y entendí que el autor estaba haciendo algo muy lúcido: señalando que la fantasía solo puede reparar traumas cerrados del pasado pero que la crisis migratoria del presente requiere acción política real, no literatura consoladora. Esa honestidad ética me partió.
Leo este libro y pienso en todas las conversaciones que he tenido con amigas de provincias que se han tenido que venir a Madrid para trabajar. Ese duelo permanente por la ciudad que dejaron, por los padres que envejecen solos, por las calles que cada vez tienen más tiendas cerradas. Ese duelo que nadie valida porque supuestamente «triunfar» es venirse a Madrid. Paredes Aparicio está documentando ese duelo. Está diciendo: vuestro dolor importa, vuestra ciudad importa, lo que estáis perdiendo importa aunque a nadie en los centros de poder le importe una mierda.
La editorial que publica esto es Ediciones Amaniel, sello independiente. Dieciséis euros. Ciento diez páginas. Tirada probablemente pequeña. No va a salir en los suplementos culturales de El País ni de El Mundo porque los suplementos culturales están diseñados para hablar de lo que se publica en Barcelona y Madrid. No va a ser best-seller porque no tiene gancho comercial fácil. Pero importa infinitamente más que el 90% de lo que se publica con aparato marketiniano brutal.
¿Qué responsabilidad tenemos las que nos fuimos a Madrid con las ciudades que abandonamos? ¿Puede la literatura salvar ciudades que las políticas neoliberales han condenado a muerte? ¿Cuánto tiempo más vamos a fingir que España es solo Madrid y Barcelona mientras el resto del país se desangra en silencio? Paredes Aparicio no responde estas preguntas. Las formula con tanta rabia contenida y tanto amor desesperado por su ciudad que después de leer el libro ya no puedes seguir ignorándolas.
Escribo esto desde la rabia y desde el cuerpo que se rompe leyendo. Escribo esto porque estoy cansada de crítica literaria aséptica que finge objetividad cuando la objetividad es imposible si lees de verdad, si dejas que los libros te atraviesen. Este libro me ha atravesado. Me ha obligado a mirar mi propia complicidad con el centralismo. Me ha recordado de dónde vengo. Me ha devuelto el duelo que había enterrado bajo capas de cinismo metropolitano.
No sé si deberían leer este libro. Es incómodo. Es exigente. Es doloroso. Pero si alguna vez han sentido que vienen de sitios que no importan, si alguna vez han visto cómo su ciudad se moría mientras nadie hacía nada, si alguna vez han pensado que la cultura es la única forma de resistencia cuando todo lo demás falla, entonces quizá este libro les devuelva algo que no sabían que habían perdido. O quizá les rompa algo que necesitaba romperse. En cualquier caso, no saldrán indemnes. Y eso, en literatura, es lo único que realmente importa.
Gema Millán








