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Detrás del cuadro: una novela de identidades en fuga y redención posible

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En Detrás del cuadro, Fernando Mejón construye una novela de ambición poco frecuente en la narrativa española contemporánea: un thriller psicológico de respiración lenta, sostenido por dos grandes personajes antitéticos que avanzan por trayectorias vitales opuestas destinadas, tarde o temprano, a cruzarse. El resultado es una obra madura, sólida en lo técnico y notablemente rica en matices morales y emocionales. La novela se articula desde el inicio sobre una estructura de doble foco narrativo. Por un lado, Mila —Milagros Aparicio—, joven modelo erótica y escort que huye de Madrid tras la muerte violenta de su compañera Denise, convertida de inmediato en sospechosa por la policía. Por otro, Javier Cano, restaurador de obras de arte, hombre tímido, solitario, emocionalmente torpe y profesionalmente impecable. Ambos personajes encarnan dos modos distintos de soledad: la soledad culpable y en fuga de Mila, y la soledad resignada y rutinaria de Javier. Ella huye porque su pasado la persigue; él permanece inmóvil porque su miedo le impide moverse. Esa oposición no es meramente argumental, sino profundamente simbólica: la huida frente a la parálisis, el cuerpo como mercancía frente al espíritu encerrado en sí mismo. El personaje de Mila es, sin duda, el gran motor narrativo del arranque.

Mejón dibuja con enorme lucidez psicológica una mujer escindida entre su educación pudorosa y su vida sexual mercantilizada, entre su deseo de redención y su dependencia económica del mismo mundo que la destruye. Su conflicto no se limita al crimen que la rodea —del que es inocente en sentido estricto, aunque no en sentido moral—, sino que se hunde en una culpa más profunda: haber cruzado líneas que ya no sabe desandar. Mila no mata a Denise, pero sí roba el dinero; no ama a su compañera, pero se deja arrastrar por ella; no quiere seguir siendo escort, pero vuelve una y otra vez. En ese vaivén entre lucidez y autoengaño, el personaje alcanza una densidad literaria poco habitual. Mila es una heroína trágica contemporánea: no víctima pura, no villana, sino una mujer atrapada en decisiones malas tomadas por razones comprensibles. Frente al vértigo vital de Mila, Javier encarna la inmovilidad. Restaurador de cuadros, experto en recomponer lo dañado, es incapaz de reparar su propia vida afectiva. Su timidez patológica, su miedo al ridículo y su romanticismo reprimido lo convierten en un personaje entrañable y doloroso a la vez. Mejón lo construye con una atención minuciosa al gesto mínimo: la forma en que observa a una mujer en un comedor de hotel, cómo ensaya mentalmente conversaciones que nunca se atreve a iniciar, cómo posterga indefinidamente cualquier posibilidad de encuentro real. Narrativamente, su arco es más estático que el de Mila, y eso puede generar cierta impaciencia en lectores acostumbrados a una progresión rápida del conflicto. Sin embargo, esa lentitud es coherente con su psicología: Javier no avanza porque no sabe avanzar. Su historia no es la del cambio, sino la de la espera. Uno de los grandes méritos de Detrás del cuadro es su prosa. Mejón escribe con claridad, elegancia y precisión, evitando tanto el barroquismo como la sequedad excesiva. La narración fluye con naturalidad, apoyada en un uso muy logrado del discurso indirecto libre, que funde la voz del narrador con la conciencia de los personajes.

Especialmente notable es la manera en que el autor explora el mundo interior de Mila sin convertirlo en un tratado psicológico. Sus contradicciones morales, su relación ambigua con su cuerpo y su constante racionalización de lo que hace están narradas con una mezcla muy eficaz de empatía y distancia crítica. No obstante, en algunos pasajes —sobre todo en el bloque de Mila— se percibe una cierta tendencia a la sobreexplicación introspectiva. El lector recibe a veces más información emocional de la necesaria, cuando parte de esa complejidad podría haberse sugerido a través de la acción o el silencio. La alternancia entre Mila y Javier funciona como un juego de tensiones narrativas. Mientras la historia de ella se mueve en el terreno del thriller —huida, policía, sospechas, dinero robado—, la de él se sitúa en el costumbrismo psicológico. Ese desbalance no es un defecto en sí mismo, pero sí una apuesta arriesgada: el lector que entra en la novela atraído por el crimen puede impacientarse ante la lentitud contemplativa del bloque de Javier. A la inversa, quien se sienta seducido por el retrato humano de Javier puede encontrar demasiado abrupta la presión policial que pesa sobre Mila. La clave de la novela está en la promesa implícita de que ambas trayectorias confluirán. Esa expectativa sostiene buena parte del interés. Más allá de su trama, Detrás del cuadro es una novela sobre la identidad y la posibilidad —o imposibilidad— de reinventarse. Mila intenta separar su cuerpo de su alma; Javier intenta separar su deseo de su vida real. Ambos fracasan en ese intento. El libro reflexiona con notable sutileza sobre la sexualidad como mercancía, el autoengaño moral, la huida como forma de vida, la soledad urbana y el deseo de redención. Especialmente potente es el conflicto de Mila con su propio cuerpo, concebido como un «recipiente» al servicio de fines económicos. Ese desdoblamiento recuerda ciertas tradiciones existencialistas sin caer nunca en lo teórico.

Detrás del cuadro es una novela seria, ambiciosa y literariamente sólida. No busca el efectismo fácil ni el ritmo vertiginoso del thriller comercial, sino una exploración pausada de dos conciencias heridas. Sus mayores virtudes son la profundidad psicológica de sus personajes, la madurez de su prosa y la coherencia de su tono. Sus pequeños excesos —cierta lentitud en el arco de Javier y alguna sobreexplicación introspectiva— no empañan un conjunto notable. Fernando Mejón firma aquí una obra que merece atención: una novela de soledades cruzadas, cuerpos en fuga y almas que aún creen, quizá ingenuamente, en la posibilidad de una segunda oportunidad.

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