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Cuando los muertos nos miran desde la piedra. El Durmiente Pétreo de Mak Dizdar

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Cuando los muertos nos miran desde la piedra

Encontré El Durmiente Pétreo de Mak Dizdar una tarde de noviembre en la librería de viejo que frecuento cerca de Atocha, aunque en realidad esta edición de Ediciones Rilke es flamante, recién traducida por Dragan Bećirović. Había ido buscando otra cosa, como siempre ocurre con los libros que realmente necesitas leer, y me topé con este volumen delgado que prometía «poemas de las lápidas medievales de Bosnia». Confieso que lo compré por pura curiosidad morbosa, esa fascinación un poco turbia que sentimos por los cementerios antiguos y las inscripciones funerarias. No imaginaba entonces que este poeta bosnio iba a removerme tantas certezas sobre lo que significa estar vivo, estar muerto, y ese territorio borroso donde ambas cosas se confunden.

Mak Dizdar hace algo que parece imposible: convierte las inscripciones talladas en los ste\u0107ci, esas lápidas medievales dispersas por los montes de Bosnia, en voces vivas que te interpelan directamente. No son epitafios convencionales con sus «aquí yace fulano de tal, ruega por su alma». Son muertos que hablan con una franqueza brutal, que no piden piedad sino que te obligan a mirarte en el espejo de tu propia mortalidad. Cuando leí «Encerrado en el cuerpo encerrado en la piel / Sueñas que el cielo vuelva y se multiplique», tuve que parar porque sentí un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces nos hemos sentido prisioneros de nuestra propia carne, de este envoltorio que nos contiene y nos limita? Dizdar rescata la memoria de los bogomilos, aquella herejía medieval que decía que el mundo material era obra del diablo, y convierte esa teología en algo urgente, contemporáneo, dolorosamente reconocible.

Lo leí despacio, muy despacio, porque estos poemas exigen que te detengas en cada verso como quien descifra una inscripción casi borrada por los siglos. El lenguaje de Dizdar es áspero, cortante, sin ninguna concesión a la belleza decorativa. Me recordó a esas veces que visitas un cementerio viejo y pasas los dedos por las letras talladas en la piedra, sintiendo la rugosidad del mármol, imaginando las manos que cincelaron esos signos hace siglos. «Perdóneme / Por rogarle a pesar de todo / (…) Porque yo estuve donde vosotros estáis / y estaréis donde yo estoy», dice el difunto Radojica Bjelic en «El Escrito en Dos Aguas», y ahí está toda la verdad del memento mori sin retórica piadosa, sin promesas de paraísos, solo la constatación seca de que todos vamos al mismo sitio.

Me fascinó descubrir cómo Dizdar convierte la reflexión sobre el lenguaje en uno de los ejes del libro. En «La Palabra» escribe: «Las palabras están contenidas en todo / Son todo y son límites de todo / Y una sola se está esperando / La que tiene que llegar desde lejos, desde los orígenes del tiempo». Yo, que me paso la vida buscando las palabras justas para explicar lo que siento o lo que leo, encontré en estos versos una formulación perfecta de esa búsqueda imposible. ¿No es eso lo que hacemos todos cuando escribimos o cuando hablamos? Esperar esa palabra que nunca llega del todo, esa que nombraría exactamente lo innombrable. Y mientras tanto usamos todas las demás, sabiendo que son insuficientes pero necesarias, como muletas que nos permiten avanzar cojeando hacia algún tipo de sentido.

«Radimlja» es el poema que más me costó y el que más me dio. Dizdar despliega ahí toda una iconografía cristiana heterodoxa, con símbolos gnósticos que poco tienen que ver con el catolicismo que nos enseñaron de niños. La parra y el viñedo, la puerta estrecha, el Cristo soleado todo aparece despojado de beatería, convertido en instrumento de conocimiento. Me hizo pensar en todas las versiones del cristianismo que la ortodoxia eclesiástica exterminó a sangre y fuego, en esas voces disidentes que la Inquisición silenció. «La muerte le estuvo buscando pero no encontró nada / No encontraron ni los huesos, ni la carne, ni la sangre / Quedaba solamente la huella como un augurio». La muerte como huella, como signo que perdura cuando todo lo demás ha desaparecido. ¿No es eso exactamente lo que es este libro? La huella de una civilización borrada, la voz de unos muertos que insisten en hablar.

Los poemas sobre la guerra me dolieron de una manera particular. Gorcin, el soldado que participó en cincuenta y cinco batallas «Sin escudo ni armadura», que afirma «No pisé una hormiga / Pero me hice / Soldado», termina confesando desde la tumba: «perecí por el dolor / no me sané / a mi novia la hicieron esclava». Ninguna gloria, ningún honor, solo despojo. Lo leí y pensé en todas las guerras que hemos vivido en los Balcanes en el siglo XX, en las guerras que seguimos viviendo ahora mismo en otras partes del mundo. La fidelidad vasallática, ese mecanismo que hace que los hijos hereden de los padres el privilegio de morir por causas ajenas. ¿Cuándo vamos a aprender que la guerra solo produce esto: dolor, esclavitud, tumbas?

«La Casa en las Miles» es un poema que debería estar grabado en algún sitio público, en algún monumento a la memoria. Enumera a todos los que deben ser acogidos: los quemados en la hoguera, los que tuvieron que huir de sus casas incendiadas, aquellos a los que marcaron la cara con hierro ardiente, los que les arrancaron la lengua por no revelar secretos. Y termina con una maldición feroz: si alguien cierra esa puerta de la piedad, que la casa se derrumbe hasta los cimientos dentro del alma del que la cierra. La memoria debe permanecer abierta como herida que no cicatriza, nos dice Dizdar, porque cerrarla mediante el olvido selectivo es peor que destruirla del todo. ¿No deberíamos recordar esto ahora, cuando hay tanto discurso de «pasar página» y «mirar hacia adelante» sin haber hecho justicia con el pasado?

La traducción de Dragan Bećirović merece todos los reconocimientos porque ha conseguido trasladar al español la aspereza del original sin domesticarla. No ha intentado hacer bonito ni ha suavizado las aristas. Respeta esa sintaxis entrecortada, esos encabalgamientos que cortan la respiración, esa puntuación irregular que reproduce el ritmo del pensamiento desde la tumba. Ediciones Rilke ha hecho un trabajo editorial impecable al publicar este libro, porque Dizdar no es un poeta local ni una curiosidad folclórica balcánica es una voz esencial de la poesía europea del siglo XX que dialoga con Dante, con Eliot, con toda esa tradición que entiende la poesía como excavación arqueológica de las voces enterradas.

Terminé el libro una noche de diciembre, con la calefacción a tope y una manta sobre las piernas, y cuando cerré la última página me quedé mirando por la ventana pensando en todas esas lápidas dispersas por los montes de Bosnia, en los canteros medievales que las tallaron, en los muertos que llevan siglos esperando que alguien lea sus palabras. «Con mi muerte murió también mi mundo / Pero el mundo del mundo / No quiere / Mudarse», escribe Dizdar. Cada muerte es absoluta para quien muere, pero el mundo sigue adelante indiferente. Y sin embargo, aquí estamos, leyendo estas palabras grabadas en piedra hace siglos, dejando que nos interpelen, que nos hagan preguntas incómodas.

¿Qué significa dejar una huella cuando todo está destinado a desaparecer? ¿Para qué grabamos nuestros nombres en la piedra, para qué escribimos poemas, para qué nos empeñamos en ser recordados? ¿No será que en el fondo todos somos como esos bogomilos medievales, prisioneros de nuestro cuerpo pero soñando con algún tipo de trascendencia? Dizdar no nos da respuestas, solo nos devuelve las preguntas amplificadas. «Esta letra es monosilábica, divina / La monstruosa y sin miedo». Esa letra monstruosa y sin miedo es la que consigue arrancar al silencio de los siglos. Los que todavía creemos que la poesía sirve para algo más que decorar salones, los que sentimos que leer puede cambiarnos por dentro, encontraremos en El Durmiente Pétreo un libro necesario, incómodo, inolvidable. Un libro que no consuela pero que acompaña. Y a veces es lo único que necesitamos: saber que otros antes que nosotros sintieron este mismo vértigo ante la muerte, esta misma perplejidad ante el misterio de estar vivos.

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