En 21 de marzo (Ediciones Vitruvio, 2023), Cova Sánchez-Talón construye un poemario de gran cohesión interna que se despliega como un largo ejercicio de memoria afectiva. No se trata de un libro de poemas al uso, sino de una obra concebida como itinerario emocional, donde cada texto funciona como una estación dentro de un mismo viaje: el de la maternidad atravesada por la pérdida, la identidad marcada por la ausencia y la necesidad —a veces desesperada— de nombrar aquello que no pudo ser.
Desde sus primeros textos, el libro sitúa al lector ante una experiencia fundacional: el parto, la separación, el cuerpo que da vida y, a la vez, queda vacío. Esa escena inicial no actúa solo como punto de partida narrativo, sino como núcleo simbólico del conjunto. A partir de ahí, el poemario se articula como una serie de variaciones sobre un mismo motivo: la búsqueda del otro —hijo, madre, origen— en los pliegues de la memoria.
Uno de los mayores aciertos del libro es la unidad de voz. La voz poética es constante, reconocible, sostenida en el tiempo, y se expresa desde una primera persona que no pretende universalizar su experiencia, pero que termina haciéndolo por acumulación de verdad emocional. La autora no grita ni dramatiza: el dolor aparece filtrado por la reflexión, por la evocación de escenas cotidianas, por imágenes que apelan a lo sensorial antes que a lo retórico. El resultado es una poesía que conmueve más por su contención que por su énfasis.
El “tú” al que se dirige gran parte del libro es deliberadamente ambiguo. Puede ser el hijo perdido, la hija no criada, la madre ausente, incluso una proyección del propio yo. Esta ambigüedad no es un defecto, sino uno de los mecanismos más eficaces del poemario: el “tú” funciona como espacio de resonancia, permitiendo que distintas formas de maternidad —biológica, adoptiva, heredada, simbólica— convivan y se superpongan. Así, 21 de marzo no habla de una sola maternidad, sino de todas las maternidades posibles y de sus fracturas.
La memoria ocupa un lugar central en el libro, entendida no como reconstrucción fiel del pasado, sino como territorio sensorial. Olores, objetos, estaciones del año, sonidos y pequeños gestos cotidianos activan el recuerdo y lo devuelven al presente. La infancia aparece como patria perdida, pero también como herida abierta; la juventud, como tiempo de exceso y desconocimiento; la madurez, como espacio desde el que se mira hacia atrás con una mezcla de lucidez y desamparo. El tiempo, en este sentido, no avanza de forma lineal, sino que se pliega sobre sí mismo, regresa, insiste.
Formalmente, Sánchez-Talón opta por un lenguaje claro, de imágenes reconocibles, apoyado en una tradición lírica que no busca la ruptura ni la experimentación extrema. El mar, la lluvia, las estaciones, la casa, el cuerpo y los objetos domésticos configuran un imaginario que puede parecer, en ocasiones, cercano a lo arquetípico. Sin embargo, el poemario evita el lugar común gracias a la precisión emocional con la que esas imágenes se insertan en la experiencia concreta de la voz poética.
La estructura del libro refuerza su carácter de ciclo vital. Los textos en prosa que abren y cierran el volumen funcionan como marco narrativo y subrayan la idea de transformación irreversible: después de ciertas pérdidas, nada vuelve a ser igual. El cierre, con la imagen de la botella arrojada al mar, no propone una resolución consoladora, sino una aceptación serena de la imposibilidad de respuesta.
21 de marzo es, en definitiva, un libro sobre lo que permanece cuando todo se ha ido: el recuerdo, la palabra, el deseo de comprender. Un poemario que no busca deslumbrar, sino acompañar, y que encuentra su fuerza en la honestidad de su mirada y en la fidelidad a una experiencia íntima llevada al lenguaje con rigor y sensibilidad. Es, también, una reflexión profunda sobre el amor materno como forma radical de vulnerabilidad: amar es aceptar la pérdida, incluso antes de que ocurra.

